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6 de noviembre de 2019

Sin “bloque progresista”, para no disgustar a Trump

Sobre el viaje de Alberto Fernández a México

La elección de México como primer destino de Alberto Fernández tras su triunfo electoral había abierto todo tipo de especulaciones. Nicolás Maduro declaró públicamente su entusiasmo en torno a que Andrés Manuel López Obrador -presidente mexicano- y Fernández lideren un bloque regional de gobiernos “progresistas”.

Pero hubo poco de eso. Sobre todo, porque conformar un bloque progresista implicaría un alineamiento internacional contra el Grupo de Lima, promovido por Trump para respaldar el golpe imperialista de Guaidó en Venezuela. Si bien ese Grupo, además del impasse de la ofensiva contra Maduro, se encuentra en crisis por la derrota de Macri y los levantamientos contra Lenín Moreno en Ecuador y Piñera en Chile, lejos están López Obrador y Fernández de pretender erigir un bloque progresista.

En efecto, manifestaron que la situación del país caribeño no formó parte del temario, porque ambos "ya saben los que piensan" del asunto. Lo que sí enfatizó AMLO, en su mañanera conferencia de prensa oficial, es la buena relación política y económica con su vecino del norte, y aseguró que seguirán “manteniendo esa relación por razones de geopolítica, comerciales y de amistad”. Las declaraciones recogen el sentir de los exportadores mexicanos, que se vieron favorecidos de la guerra comercial entre EEUU y China. Expresan también la cesión a las presiones del imperialismo yanqui, tras aceptar convertirse en un ‘Estado tapón’ para contener y repeler las caravanas de migrantes tanto mexicanos como de los países de Centroamérica hacia Estados Unidos. 

Por su parte, Alberto Fernández fue consultado por la prensa sobre el Grupo de Puebla, un espacio surgido a mediados de este año en el que participan entre otros Dilma Roussef, Rafael Correa, dirigentes del Frente Amplio uruguayo, pero que excluye a representantes de los gobiernos de Cuba y Venezuela. Explicó que “no busca generar una referencia ideológica que se enfrente a nadie”, y acto seguido destacó la conversación telefónica que mantuvo con Trump y la importancia que da a contar con su apoyo en la negociación con el FMI.

La agenda del presidente electo en México se concentró en cuestiones de negocios. Anunciaron la posibilidad de avanzar en un acuerdo para incentivar la exportación de carnes y porotos negros argentinos a cambio de la entrada de 0km mexicanos, una política bananera. Luego mantuvo encuentros con popes capitalistas, como el magnate Carlos Slim, dueño de Claro, y una cena con una decena de empresarios, entre los que se encontraban el accionista de Telecom Argentina y socio del Grupo Clarín, David Martínez, o los ejecutivos de Techint, Bimbo y socios de Coca-Cola. 

Pero, como resaltaron los medios, si bien México es la segunda economía de América Latina, no representa más que el 1% del comercio internacional de Argentina. La elección de ese destino, entonces, tuvo bastante​ de forzosa, amén de la búsqueda de una figura que lo muestre al mismo tiempo como distinto a Macri pero sin chocar con Trump. La tradición de empezar con una visita a Brasil quedó descartada por las bravuconadas de Bolsonaro, que amenaza con romper el Mercosur si no se reduce a la mitad el Arancel Externo Común. El escenario de ballotage con final incierto Uruguay, la rebelión chilena, y hasta cierto punto la crisis política en Bolivia, llevaron a Alberto Fernández hasta el hemisferio norte. 

Estamos ante una muestra del cuadro de crisis en que se encuentran los regímenes políticos latinoamericanos. El denominador común es la crisis capitalista, sus tendencias a los choques en la arena internacional y la caída de los precios de las materias primas, que afecta por igual a los "nac&pop" y a los gobiernos derechistas. Más aún, como en Argentina, la bancarrota refuerza la subordinación al imperialismo y al capital financiero, incluso de parte de los nacionalistas. 

Las rebeliones populares han entrado en escena con este mar de fondo. En ellas se juega la perspectiva real de abrir un curso de desarrollo independiente para América Latina, lo que solo podrá ser obra de gobiernos de trabajadores.

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