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8 de octubre de 2019

Irak, otro brote de la nueva primavera árabe

Seis días de aguerridas protestas, pese a una represión gubernamental que dejó más de 165 muertos y miles de heridos.

A solo un año de haber protagonizado una enorme revuelta, y con un cambio de gobierno por medio, el pueblo iraquí volvió a sublevarse en la última semana frente a la pavorosa crisis social: la economía del país está colapsada y depende en un 90% del petróleo, cuyos precios internacionales acumulan 26% de caída en el último año; el desempleo juvenil escala a más del 25% en un país mayoritariamente joven y el déficit en el acceso al agua potable y la electricidad es pavoroso.

Las protestas, iniciadas en Bagdad el 1° de este mes y extendidas luego al sur del país y por más de seis días, tuvieron que enfrentar una virulenta represión que afianzó más y más el reclamo de que se vaya el primer ministro Adel Abdul-Mahdi. Los manifestantes muertos alcanzarían –según una fuente anónima del Ministerio de Salud- entre 165 y 180 (Anadolu, 8/10), y los heridos son entre 5 mil y 6 mil, muchos de gravedad. La asonada incluyó un toque de queda durante varios días, la militarización de barrios enteros como Ciudad Sadr en Bagdad, el accionar conjunto de milicias y francotiradores y la dispersión de movilizaciones con balas de fuego. “Le han hecho cosas a nuestra gente que no le hicieron a Daesh” (ISIS), describió un manifestante a Al Jazeera.

Numerosos edificios de partidos e instituciones fueron prendidos fuego por los manifestantes. Con los reclamos sociales se conjuga un enorme rechazo a los políticos y partidos tradicionales de gobierno de basamento sectario, entreverados en una corrupción que tiene un enorme campo de desarrollo en los negociados de las reconstrucciones, en un país asolado por la barbarie bélica en que el imperialismo ha sumido a Medio Oriente. El actual gobierno oscila en sus alineamientos entre Irán –que salió a denunciar la revuelta como una “conspiración” para deshacer los lazos bilaterales- y el imperialismo norteamericano, que todavía cuenta con más de 5 mil soldados en el territorio y expresó a través de Mike Pompeo su “apoyo a la estabilidad y seguridad en Iraq” (Iton Gadol, 7/10). Mahdi fue en su momento secretario de finanzas del gobierno títere implantado por los yanquis tras la caída de Saddam Husein. En Al Jazeera (4/10), un analista político cifraba el sentir de las masas en un reclamo de “revisión general” (overhaul) antes que de “reforma” del régimen político.

“Ningún partido político ni líder religioso parece estar al frente de este movimiento popular”, señala El País (4/10) y coinciden numerosos analistas. Aunque se han desarrollado en zonas mayoritariamente chiítas, las protestas no han “tenido una afiliación comunitaria particular”, algo que ya había caracterizado a las del año pasado, mostrando una sostenida preeminencia de los reclamos populares por sobre las tensiones cultuales.

Las organizaciones de la oposición que en otro momento encabezaron protestas, como es la fuerza del clérigo Muqtada al Sadr y sus aliados del Partido Comunista en la coalición Sairún, no parecen hacer pie en las actuales e incluso algunos comentaristas recogen expresiones de rechazo por parte de los manifestantes, entre los que son comunes las expresiones contra los partidos como tales. La apuesta de Sairún, principal bloque en el Parlamento, es una salida institucional, mediante la dimisión inmediata de Mahdi, la formación de un gobierno de urgencia y el llamado a elecciones anticipadas. El llamado a prevenir un desenlace revolucionario es repetido entre los analistas políticos: el de Al Jazeera antes citado advertía que la “oligarquía gobernante debe dejar espacio para que entren en escena nuevas fuerzas políticas, en aras de su propia supervivencia y para el mejoramiento de Iraq (…) La alternativa es nada menos que una bomba de tiempo” (2/10)

Represión y después

Tras una furibunda represión en la ciudad de Bagdad este domingo y la subsiguiente renuncia del gobernador de esa provincia, se han tomado algunas medidas acompañadas de ciertas instancias de negociación con manifestantes.

El gobierno nacional reconoció un “uso excesivo de la fuerza” por parte de uniformados, prometió investigaciones sobre los mismos (en lo que ya de por sí constituye un intento de encubrimiento del Ejército como tal) y anunció indemnizaciones para familiares de manifestantes muertos y heridos –lo que fue aprobado luego por el Parlamento-; y ha decretado medidas de emergencia que incluyen la distribución de tierras y el aumento de ayudas asistenciales.

Pero la relativa calma de los primeros días de esta semana está lejos de augurar un cierre de la crisis. Ya desde el vamos, cualquier avance serio sobre los represores, incluso limitado a los individuos, supondría choques con milicias que están en la base del Estado y tienen un papel clave en una zona de guerra permanente. Ante todo, cualquier solución al déficit de empleo e infraestructura encuentra sus límites en la estructura rentista de la economía. En una columna de opinión en el New York Times (8/10), un académico de la burguesía norteamericana promueve como vía de solución un recorte del gasto estatal combinado con una mayor penetración de capitales yanquis -y socios- en la región, que “apuntalaría la economía y financiaría proyectos de reconstrucción” y permitiría a “los gigantes tecnológicos estadounidenses y los líderes de la industria” explotar el “floreciente movimiento de emprendedores de Irak y una nueva generación de líderes que aún no están absorbidos por las redes de mecenazgo”. Detrás de los eufemismos, un programa de ajuste, expoliación y precarización que, con todo, no parece muy viable: el fracaso de una “reconstrucción” económica en Irak dirigida por el imperialismo, que no se desarrolló en 16 años de ocupación total o parcial, tiene aún menos perspectivas en el actual cuadro de recesión y guerra comercial internacional. No podrá haber una real reconstrucción nacional y un mejoramiento de las condiciones de vida de las masas que no tenga como punto de partida recuperar el petróleo de manos del imperialismo. 

La rebelión iraquí tiene mucho por desarrollar, en una región que se viene convulsionando al ritmo del avance de la crisis capitalista mundial y del fracaso del intervencionismo guerrero imperialista (Siria, Libia, etc.) y que está haciendo resurgir a la ‘primavera árabe’ en un reflotar de la movilización popular, incluidas las revoluciones de Argelia y Sudán. 

Se trata de avanzar en una lucha común de todos los pueblos oprimidos del Oriente Medio, con los palestinos en primer lugar, por expulsar al imperialismo y expropiar a las petroleras, derrocando a los gobiernos reaccionarios que se asocian con los gendarmes opresores imperialistas. Los gobiernos y partidos nacionalistas burgueses se evidencian como incapaces de desarrollar esta necesaria e histórica lucha común. El futuro está en la clase obrera.
 

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