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3 de octubre de 2019 | #1567

Crisis política en Estados Unidos: avanza el pedido de juicio político a Trump

El aprendiz de Bonaparte encallado

La crisis política en Estados Unidos ha dado un nuevo salto. El intento bonapartista de Donald Trump ha estado condicionado desde un primer momento: por la crisis capitalista mundial, la división de la burguesía norteamericana ante la política de guerra comercial que ha promovido y por su capacidad para imponer los términos de su ofensiva sobre la población de Estados Unidos y los pueblos del mundo. Su mandato presidencial llega a su último año en una impasse marcadísima en todos los frentes que ha abierto y se instala la tendencia a una recesión en los propios Estados Unidos. Luego de incontables crisis de gabinete, investigaciones y escándalos, el Ucraniagate ha detonado un terremoto político de escala mayor, decidiendo a la oposición demócrata a promover un juicio político (“impeachment”) con un impacto político nacional e internacional enorme.

El escándalo se origina en la difusión del contenido de un llamado de Trump a Volodimir Zelensky, el presidente ucraniano, durante el cual éste realiza un indisimulable apriete para que se impulse en la Justicia local un proceso judicial por corrupción contra Hunter Biden, hijo de Joe Biden, ex vice de Obama y uno de los contrincantes en la primaria demócrata para enfrentar a Trump en 2020. Está documentado que Trump había suspendido una entrega de 400 millones de dólares de ayuda militar a Ucrania votadas por el Congreso norteamericano y había cancelado la presencia de su vice, Mike Pence en la asunción de Zelensky, como parte de la presión para impulsar el proceso judicial. Cuando el ucraniano le reclama la entrega de dinero, Trump le pide “el favor” (que impulse la causa). 

La denuncia fue hecha por un anónimo agente de la CIA asignado a la Casa Blanca. Las figuras penales que le pueden caber a Trump en la investigación que se ha abierto en la cámara baja son recibir apoyo electoral de un extranjero, soborno, extorsión y obstrucción de justicia. La investigación incluye a todo su entorno y línea sucesoria. Pence, luego de encaminado el acuerdo con Zelensky, había viajado nuevamente a Ucrania en el último mes. El fiscal general William Barr es señalado en la transcripción del llamado como la persona para negociar los detalles del asunto con los ucranianos, junto a Rudolph Giuliani, el ex intendente “tolerancia cero” de Nueva York que oficia de abogado personal de Trump.

El origen de las denuncias es el aparato de espionaje. La política internacional errática de Trump y sus compromisos con Rusia han significado choques con el ejército y los servicios de inteligencia. La retirada militar de Siria marcó la renuncia del jefe del Pentágono, Jim Mattis, en diciembre del año pasado. Un inspector general de la inteligencia yanqui aprobó la denuncia anónima, y Joseph Maguire, un director nacional de Inteligencia con apenas cuatro días de actuación luego de las renuncias de sus antecesores, declaró en el Congreso entender que la denuncia era genuina. 

Las especulaciones anteriores sobre un juicio político a Trump descartaban que el Senado de mayoría republicana, que actúa de cámara enjuiciadora, lo exoneraría. Sin embargo, la flagrancia de esta crisis ya ha llevado a varios republicanos a abrirse del apoyo cerrado al presidente. Las encuestas de estos días vienen marcando el crecimiento del apoyo a la destitución a Trump, incluso entre votantes republicanos.

Impasse 

El malestar con Trump de su propia clase social es el resultado de una larga serie de derrotas y, al mismo tiempo, de una impasse prolongada del imperialismo yanqui que expresa un agotamiento general del régimen político imperante y su sistema bipartidista. La guerra comercial contra China no ha logrado victorias efectivas. La economía interna va hacia una nueva recesión y muchas grandes empresas trinan por la pérdida de mercados gracias al proteccionismo de Trump. 

Los anuncios de ofensivas sobre Irán y Corea del Norte dieron lugar a sendos recules. Los puntos de apoyo yanquis en Medio Oriente están condicionados, con una dificultad prolongada de Benjamin Netanyahu para lograr conformar gobierno en Israel, la defección ya hace varios años de la Turquía de Erdogan de su alineamiento con la Otan en favor de acuerdos con Rusia e Irán, y ahora con la crisis de la dinastía reinante en Arabia Saudita, que tiene cada vez mayores complicaciones en su ofensiva contra Yemen a pesar del enorme apoyo militar y político de Trump. La intentona golpista en Venezuela ha refluido a pesar de la catástrofe social y económica que se desarrolla allí gracias al bloqueo que han impulsado.

La política bonapartista de Trump ha constituido un intento de darle salida al descrédito de un régimen político de conjunto, cuyo carácter antipopular y decadente es inocultable. El Partido Demócrata sufrió una crisis para garantizar que la impopular militarista Hillary Clinton se imponga al autodenominado socialista Bernie Sanders en 2016 y vio una proliferación de “Bernies” en las elecciones parlamentarias de medio término. El lugar de Estados Unidos en el centro de la crisis mundial somete a su régimen político a una erosión violenta.
Un proceso de investigación y una crisis prolongada difícilmente puedan evitar que ambos bandos salgan manchados, como sucedió en Brasil con el proceso promovido contra Dilma Rousseff y Lula. 

Ucrania, que rompió con el control de Moscú en la llamada “revolución naranja” para dar lugar al establecimiento de una avanzada de la Otan en disputa con Rusia, se ha transformado en la Meca de negocios del aparato de Estado yanqui, como se ha conocido en los medios internacionales con este escándalo. Biden efectivamente colocó a su hijo como efectivo de una petrolera ucraniana radicada en Chipre con denuncias de corrupción, colectando honorarios por unos 850 mil dólares. Bajo la administración Obama se desarrollaron intereses empresarios con el manto imperial del tipo de los que la Halliburton del otrora vice Dick Cheney realizó en la Irak ocupada bajo el mando de George W. Bush. 

El cuestionamiento de los demócratas no es a la actuación despótica sobre Ucrania, sólo a que esta potestad se usara en función de los intereses “particulares” de Trump en la venidera contienda electoral. La explotación de la defensa de la “seguridad nacional” es el terreno elegido para la ofensiva porque muestra la convicción demócrata de sostener el militarismo y la dominación imperial de Estados Unidos, por encima de cualquier choque interno.

Sanders, al banco

El momento del lanzamiento del juicio político también merece ser analizado. Por un lado, se actuó para prevenir la ofensiva judicial y mediática contra el precandidato Biden. Pero también, Nancy Pelosi (presidenta de la Cámara de Representantes) le ha sacado una bandera a la izquierda de su partido que viene reclamando que avance el “impeachment”. 

El centro del Partido Demócrata ha hecho grandes avances para aislar a Sanders cooptando las banderas en las que ha apoyado su corriente interna. Grupos como Democratic Socialists of America, que ha pasado de unos cinco mil a sesenta mil militantes en estos años, han canalizado hacia este partido del régimen un proceso de radicalización militante de amplios sectores, en particular de la juventud. Las huelgas docentes o de General Motors muestran una realidad que coloca en guardia a la burguesía, que no quiere aceptar el avance de dirigentes como Sanders que hagan discursos, por más que éstos puedan ser para la tribuna, sobre el socialismo o la lucha de clases. 
Una candidata “progresista” impulsada por el establishment del partido, Elizabeth Warren, ha declarado su apoyo al Green New Deal y la universalización del seguro médico, los ejes de Sanders. Warren se disputa ahora la cabeza de la interna demócrata con Biden, con Sanders tercero cómodo en todas las encuestas. Varias organizaciones que apoyaron en 2016 a Sanders se han volcado a Warren. 

El trámite judicial contra Trump en el Congreso pretende canalizar la tensión social creciente mediante el Parlamento, mientras se prepara un relevo político que goce de la confianza de la clase capitalista. La vía para derrotar al régimen de opresión no está en el lobby parlamentario, sino en la movilización independiente de los trabajadores. Requiere, sobre todo, de una alternativa política revolucionaria de los trabajadores, completamente separada del régimen bipartidista del Estado imperial yanqui. 
 

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