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21 de mayo de 2019

La angustiosa ‘deportación’ de Huawei

Las implicancias de la ruptura comercial con Google.

El domingo 19 de mayo un cable de la agencia Reuters anunciaba la ruptura comercial del gigante Google con la empresa privada china Huawei, la segunda productora de smartphones a nivel mundial después de la surcoreana Samsung.

La decisión de Google, que agitó al mundo de la informática durante toda la jornada del lunes 20, fue saludada  por Wall Street con una caída del Nasdaq del 2% -con algunas acciones cayendo más del 4% (El Cronista, 20/5). Lo más interesante es que la “jugada” de Google no obedece a una “política de la empresa”, sino que actuó en cumplimiento de las órdenes de Donald Trump, que el jueves 16 había colocado a Huawei en la “lista negra” de los que “amenazan” la seguridad de los norteamericanos, amenazando con aplicar multas a las empresas que mantengan lazos con la firma china.

Se trata de una profundización de la línea prohibitiva establecida por la Ley de Autorización de Defensa Nacional, que Donald Trump firmó en agosto de 2018, en la cual había impuesto una prohibición a las instituciones estatales de adquirir equipamiento proveniente de Huawei; el asunto luego derivó en un escándalo internacional con el pedido de extradición de la vicepresidente (y futura heredera) de la empresa china, Meng Wanzhou, en diciembre del año pasado, imputándola bajo la acusación de colaborar con el régimen iraní, entre otros cargos.

Es decir que la ‘deportación’ de Huawei es una política de Estado.

Implicancias

Con esta ruptura, Huawei queda impedido de utilizar los servicios de Google (no las aplicaciones ya instaladas en los equipos existentes, sino las actualizaciones y las que requieren una provisión permanente de datos, como por ejemplo Google Maps). Y lo que es más importante, los equipos de Huawei no podrán recibir las actualizaciones de Android (propiedad de Google) ni mucho menos sus nuevas versiones. Siendo Android y las “apps” de Google las que dominan el mercado de los smartphone, se trata de un golpe demoledor al gigante chino.

Paralelamente, otras empresas norteamericanas proveedoras de componentes (microchips y otros) también han anunciado su ruptura con Huawei: Intel Corp., Qualcomm Inc., Xilinx Inc. y Broadcom Inc. Como se vio reflejado en el distorsionado mundo de la especulación bursátil, estas empresas ven afectados seriamente sus intereses a causa de la medida adoptada. Por ahora el proteccionismo de Trump es un perro que se muerde la cola.

Parque Industrial de Huawei.

Crisis estratégica del imperialismo

A nadie se le escapa que el ‘repudio’ oficial de la White House a la empresa china obedece a una debilidad estructural de las empresas tecnológicas norteamericanas, más que a sus fortalezas. Quien goza de fortalezas no necesita patear el tablero. El temor a la pérdida de la hegemonía en sectores claves de la economía como lo son la informática y las comunicaciones, está a la vuelta de la esquina. Para algunos analistas, la gran preocupación norteamericana se centra en la velocidad con la que los chinos están desarrollando el 5G (La Sexta, 20/5), que no sólo es la base para el próximo salto en las telecomunicaciones, sino que se cree contribuirá al despegue definitivo del llamado “internet de las cosas” (operación de electrodomésticos y artefactos de todo tipo, a través de la nube). Un filón de ganancias que los yanquis no están dispuestos a resignar.

Pero la ‘deportación’ de Huawei no solo es angustiosa por la pérdida de un socio comercial potente, sino además porque Trump se fabricó una guerra “total”: a Huawei no le queda otra que volcarse de lleno al desarrollo de un sistema operativo que compita con Android, el “plan B” que viene desarrollando de manera oculta por lo menos desde 2012, y que bautizaron como “Hongmeng”, al menos provisionalmente (RT, 21/5). El mayor temor de los yankis es que la ‘deportación’ se transforme en un boomerang, haciendo que la medida profiláctica se convierta en una pesadilla.

Naturalmente, la “lista negra” del petulante ‘cowboy’ no tiene formalmente alcance fuera de los límites de EEUU. No transcurrieron ni 24 horas del ‘repudio’ norteamericano y ya se formó fila de proveedores europeos para abastecer de microchips al pulpo chino (El Comercio, 20/5).  La batalla promete ser colosal, y a escala de todo el globo.

Para que no quedaran dudas de las vacilaciones yanquis, el lunes 20, en plena caída bursátil bajo el impacto del anuncio rupturista de Google del día anterior, la Casa Blanca tuvo que salir a anunciar la postergación por tres meses de las sanciones para las empresas que comercien con Huawei (ídem, 21/5).

El argumento de que los aparatos chinos realizan una tarea de espionaje, sólo puede significar que los norteamericanos en materia de espionaje no admiten competencia, sobre todo a la luz del juicio a Mark Zuckerberg, dueño de Facebook (además de Instagram y Whatsapp), que mostró al mundo el colosal espionaje y almacenamiento de datos personales que realiza una de las grandes “naves insignias” del Estado norteamericano.

Un último elemento que merece mención, al menos de pasada, es la posibilidad de que el gobierno chino, que ostenta sus propias redes sociales y sistemas operativos en el ámbito de su territorio, se vuelque al desarrollo de un software que no solo destrone a Android en los equipos móviles, sino también a Windows en las computadoras de escritorio (desktop) el cual podría estar basado en Linux, según muchos expertos. Esto cambiaría todo el tablero de juego. Es una de las variantes posibles, entre varias otras.

En resumen, asistimos a un intento concreto del imperialismo norteamericano, bajo la batuta directa del poder concentrado del Estado, por contrarrestar la tendencia decreciente de la tasa de beneficio, mediante la introducción de nuevas tecnologías, y para la cual necesita desprenderse de un socio comercial, y aplastarlo -es decir que va a un choque, producto de la propia dinámica del capital. Las vacilaciones del imperialismo, el espionaje a la población, la guerra comercial y política a través de instrumentos de excepción como son las “listas negras”, la difamación y la ‘deportación’ de empresas más pujantes (o menos seniles), antes socias y ahora rivales, dan cuenta de un todo: nuestra época de crisis, guerras y revoluciones.

El proletariado internacional tiene que entrar en acción.

 

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