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19 de septiembre de 2018

Las protestas en Irak, otro brote de lucha en el Medio Oriente

Los primeros días de septiembre reemergieron en Basora -una región de mayoría chiíta ubicada en el sur de Irak- importantes protestas ante el colapso de los servicios de luz y agua y los altos niveles de pobreza y desempleo. Los manifestantes prendieron fuego los edificios de gobierno, de los principales partidos (el Dawa y el Badr) y el Consulado iraní, foco del repudio popular debido a que la compañía eléctrica que dejó a oscuras a la población hace unos meses pertenece al país persa. El colapso del servicio de agua, por su parte, provocó complicaciones de salud que llevaron a más de 30 mil personas al hospital y el área al borde de una epidemia de cólera. Las protestas incluyeron el bloqueo de un puerto estratégico ubicado sobre el Golfo Pérsico por el que fluyen el 95% de las exportaciones petroleras del país.

El gobierno de Haidar al Abadi dictó el toque de queda y ordenó el despliegue del Ejército, que se dedicó también a custodiar las instalaciones de las petroleras rusas y yanquis. La represión dejó 12 muertos y la situación se normalizó recién tras las promesas oficiales de inversión en infraestructura y de un plan para crear 10 mil puestos de trabajo. Pero el gobierno no ha apagado el polvorín social sino que apenas ha pateado la pelota hacia adelante.

Las protestas son el segundo capítulo tras el proceso de movilizaciones que se desarrolló en julio y que también se caracterizó por el incendio de sedes de los principales partidos, fuertemente repudiados por la corrupción, y de dependencias de gobierno. Las protestas de julio se extendieron por todo el sur del país y en el caso de la ciudad de Najaf fue tomado el aeropuerto. En menor medida, las protestas tuvieron su réplica en la capital Bagdad.

El gobierno iraní intentó desacreditar las últimas protestas diciendo que estaban impulsadas por Estados Unidos, pero la realidad es que las movilizaciones son una expresión genuina de furia de las masas contra la miseria y la opresión. Se inscriben en un cuadro de reanimamiento de las movilizaciones populares en la región (Irán, Túnez y Jordania). Las protestas contaron con el apoyo público de Ali Sistani, la mayor influencia religiosa chiíta, quien intenta jugar un rol de contención.

Irak viene de desarrollar elecciones en mayo, que se caracterizaron por una baja participación (45%) y la mala elección del gobierno de Al Abadi, de buenas relaciones con Estados Unidos, que terminó en tercer lugar. Este ni siquiera pudo capitalizar en las urnas la derrota del Estado Islámico.

En estos días, se desarrollan las negociaciones para la formación del nuevo gobierno. Al Abadi había cerrado un acuerdo con el bloque que encabeza el clérigo Muqtada Al Sadr, cuya fuerza ganó las elecciones, pero dicha tentativa habría entrado en crisis al calor de las protestas en Basora (La Vanguardia, 13/9). Al Sadr es un chiíta que ganó bastante popularidad por enfrentar en su momento la ocupación norteamericana y por sus denuncias contra la corrupción.

Los norteamericanos fogonean al partido de al Abadi para impedir la formación de un gobierno pro-iraní con Al-Amiri a la cabeza (del Badr), que obtuvo un segundo puesto en los comicios de mayo y cuenta como aliado al ex primer ministro Nuri al Maliki. Los yanquis, que vienen de romper el acuerdo nuclear con Irán, temen el desarrollo de formaciones políticas afines al país persa en la región.

Uno de los aspectos más positivos de las revueltas de Basora es que han colocado por encima de las tensiones sectarias las reivindicaciones de clase. Este es un punto muy importante para el desarrollo de una perspectiva revolucionaria en Medio Oriente.

 

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