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4 de noviembre de 2019

Eso es todo, amigos

Bugs Bunny, Alberto Fernández y el imperialismo.

En la conferencia de la Untref, junto con Pepe Mujica, Alberto Fernández comentó que, apenas recibido de abogado, había escrito un artículo sobre los dibujos animados como mecanismo de control social. Para ilustrarlo, apeló al célebre conejo de la Warner quien, según el presidente electo, habría vehiculizado una moral de estafador, un modelo de individualismo para la niñez. 

Las críticas del campo periodístico diluviaron: los titulares y los zócalos de las pantallas, antes como parodia que como tragedia, emulaban los títulos de las agencias estadounidenses o la prensa europea que, apenas publicado Para leer al Pato Donald, en 1972, denunciaban: “El pato Donald contra Allende”, una manera de banalizar la enorme lucha política del pueblo chileno.

Del imperialismo cultural a la mundialización de la cultura

A su manera, Fernández recordó una de las tesis de la teoría del imperialismo cultural que dominó los estudios latinoamericanos de comunicación, desde fines de los años sesenta hasta los setenta, esto es, que la penetración de los productos de la industria cultural yanqui introducen la ideología del imperialismo en los países dependientes. El libro de Dorfman y Mattelart realizaba, precisamente, una crítica ideológica de la historieta de Donald, donde revelaba, por caso, la mirada embrutecedora o infantilizadora sobre los pueblos latinoamericanos o el permanente disimulo de la acumulación originaria del Tío Patilludo. Fue el más importante trabajo de una enorme serie de investigaciones en la región y fuera de ella, que se desplegaban al calor de los procesos revolucionarios y rebeliones entonces en curso.

A partir de los años ochenta y hasta la actualidad, los estudios de comunicación pusieron en crisis tal tesis. Ya el concepto de “imperialismo cultural” se leía “anacrónico” y, sobre todo, demasiado determinista o mecanicista para explicar las complejas relaciones culturales que se tejen y destejen en el mundo de la posguerra fría.  El concepto fue relevado por el más ecuménico -y más ajustado al discurso corporativo- de "globalización” o de “mundialización cultural”, donde lo global no sería el resultado de una invasión sino de un intercambio casi pacífico con lo regional o local.

El concepto de “imperialismo cultural”  -y de imperialismo a secas- pasó, entonces, al desván de los recuerdos junto con la idea de revolución, de lucha de clases y de ideología dominante. Un pasaje muy acorde con los reacomodamientos del campo intelectual latinoamericano –y “global”- y con la resignación ante un futuro presente que parecía destinado fatalmente a seguir siendo capitalista.

Qué hay de nuevo, viejo

Es cierto que bajo el título de imperialismo cultural –dominación cultural, colonialismo cultural o pedagógico, etc.- se elaboraron trabajos que simplificaban los fenómenos culturales, en particular la cuestión de una recepción y consumo completamente pasivos. Pero ni el libro de Dorfman y Mattelart ni los mejores trabajos que se produjeron desde esa perspectiva antiimperialista tropezaron con tal exageración. En todo caso, lo que señalaba esa larga tradición de lectura crítica es que los núcleos ideológicos de los productos culturales de importación, con los que inundaban los Estados Unidos a su patio trasero, ponían en circulación núcleos ideológicos en favor de la economía, la política y la moral imperialista. Es decir, desplegaban permanentemente su bandera. Una cuestión que había sido denunciada, incluso y tempranamente, por un liberal como John Hobson quien, en 1902, se preguntaba: “¿Qué es lo que hace que el imperialismo no aparezca ante la opinión general con toda su ruindad y sordidez?” Y una de las respuestas –no la única, claro- la encontraba en los periódicos que “si no son propiedad de financieros que los utilizan para fines económicos (como suele ocurrir en todos los grandes núcleos industriales y financieros), están influidos siempre, y con frecuencia dominados, por los intereses de los grupos que pagan la publicidad, de la que depende su supervivencia” (Imperialismo, un estudio).

Pero, además, las tesis de imperialismo cultural recusaban otros dos fenómenos frente a los cuales nada explican los conceptos de “globalización” o “mundialización”. Por un lado, la denuncia de los flujos comunicacionales y culturales completamente desiguales: del centro imperialista a los países periféricos. Por el otro, el papel creciente del capital financiero, la concentración monopólica, la conquista y la lucha por la conquista de los mercados, todos rasgos examinados y denunciados por Lenin, en 1916, para caracterizar la última etapa del capitalismo.

Es el imperialismo

Cinco megacorporaciones dominan las plataformas digitales donde millones de usuarios occidentales naufragamos: Facebook, Amazon, Apple, Netflix y Google (las FAANG) y  apenas cuatro: Disney, Comcast, Warner Media y Viacom, controlan la producción de los bienes y productos culturales que consumimos en todos los formatos imaginados. Cuando Dorfman y Mattelart denunciaron la ideología de la historieta, Disney era apenas una empresa de dibujos animados comparada con la megacorporación actual que domina el mundo del entretenimiento.

Pero, entonces, el recuerdo juvenil de Fernández por los medios como aparatos de control social ¿prenuncia una vuelta a los debates e implementación de una 'nueva vieja' Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (SCA)? Todo indica rotundamente que no. Primero, por sus tempranas manifestaciones en favor de cerrar la grieta con el grupo Clarín-Telecom: “Dejen de disparar, que conmigo, la guerra se terminó" (Tiempo Argentino, 26/05/2019). Conviene recordar que el entonces jefe de gabinete fue el factótum de la prórroga de las concesiones de tevé y radio por diez años (2005) y de la fusión de Multicanal y Cablevisión (2007). Mérito que le valiera las denuncias oportunas como “lobbista de las corporaciones” y “clarinista” por parte del fenecido programa 6,7,8. Segundo, porque ya declaró sin tantos eufemismos que “no podés dejar en manos de una entidad sin fines de lucro un proyecto comercial” y que “la comunicación es un negocio” (idem). Tercero, porque la mentada Ley de SCA, si bien limitaba  “la participación de capital extranjero hasta un máximo del treinta por ciento (30%) del capital accionario” (art. 29), establece como excepción que tales condiciones “no serán aplicables cuando, según tratados internacionales en los que la Nación sea parte, se establezca reciprocidad efectiva en la actividad de servicios de comunicación audiovisual” (art. 25). Desde 1994, en pleno menemismo, y también para habilitar el ingreso al mercado de la televisión por cable a  empresas y fondos buitre –como Tele-Communications Inc (TCI) y Citicorp, respectivamente-, se aprobó la Ley N° 24.124, que ratificaba el Tratado de Promoción y Protección Recíproca de Inversiones firmado con... los Estados Unidos.

Así las cosas, las críticas a Fernández no deberían haberse concentrado en sus declaraciones sobre el imperialismo cultural en un ámbito universitario sino, en todo caso, en el intercambio diplomático de tuits con el presidente estadounidense, donde se reescribe la larga historieta latinoamericana del pago de la deuda. Hoy, la cuestión es menos Bugs que Donald (Trump).

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