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3 de noviembre de 2018

A 50 años de la muestra “Tucumán Arde”

1968. La rebelión de los artistas y el poder de la imaginación.

Abril de 1968,

El Museo de Arte Moderno de Buenos Aires organizaba su muestra “Premio de Honor Ver y Estimar”. Eduardo Ruano, un joven autodidacta de 23 años, casi desconocido, que apenas había llevado sus obras a dos muestras el año anterior, estaba invitado.

Durante cuatro días, casi obsesivamente, Ruano medía la luz para que su vitrina estuviese iluminada a la perfección. El joven había preparado un amplio poster-panel, montado sobre un caballete protegido por un vidrio. Toda la superficie de ese panel estaba ocupada por afiches de John Kennedy y la Alianza para el Progreso.

El 30 de abril a las 8 de la noche, en plena inauguración de la muestra, el artista y un grupo de amigos recorrieron todo el palier desde los ascensores de la entrada hasta su obra, ubicada en el otro extremo del salón y, al grito de “¡Fuera yanquis de Vietnam!”, Ruano lo rompió con un adoquín de plomo. Intervino la policía y Ruano fue expulsado de la muestra.

El panel roto expresaba, a su modo, otra ruptura más profunda y más eficaz: la de todo un movimiento artístico con las instituciones que lo habían contenido; es decir, con el mercado del arte tal como él era hasta ese momento. Esas instituciones y ese mercado le daban a la vanguardia artística (llamamos así a todo el movimiento que se proponía romper con las tradiciones conservadoras del pasado) un lugar pasivo: se la aceptaba siempre y cuando no traspusiera los límites de lo experimental en el terreno estético ni manifestara posiciones contrarias al capitalismo y al mercado del arte, menos aun con acciones directas. La actitud de Ruano resultaba intolerable porque proponía que el hecho artístico fuera, precisamente, una acción directa y movilizadora. El correlato político del arte conceptual hace que expulsen a Ruano, no que arroje un adoquín.

En aquel momento, la crisis política, nacional e internacional (Ofensiva del Tet en Vietnam, Mayo Francés, Primavera de Praga contra el estalinismo, masacre de Tlatelolco en México D.F.), daba de lleno en el mundo artístico argentino y producía lo que se llamó “Itinerario del 68”, con acciones e intervenciones públicas que indicaban una tendencia novedosa: los artistas ya no se limitaban a producir declaraciones y publicar solicitadas; ahora, en cambio, iban a la lucha directa, al acto callejero. Esto es: concurrían a la pelea allí donde la pelea estaba dada. Dicho con palabras del plástico Pablo Rienzi: “Empezamos a tomar conciencia de la relación entre la vanguardia estética y la vanguardia política, y de las posibilidades de unirlas…”

Rienzi, en otra entrevista, advierte: “Veíamos que en el ‘Ver y Estimar’ había obras muy audaces que eran sin embargo asimiladas, pero cuando tenían un contenido político la cosa era distinta”. Respecto del panel de Ruano ¿Cuál era la obra? ¿La obra sana o la obra destruida? Ninguna de las dos. La acción de romperla: ésa era la obra. Es decir: para modificar algo es indispensable una acción. “Tucumán Arde”, inaugurada el 3 de noviembre de 1968 en el local rosarino de la CGT de los Argentinos, fue la culminación de ese proceso. Pero vamos por partes.

Arte y rebelión

En nuestro país, el arte experimental, los debates entre el “pop” y los “vanguardistas”, junto con las crisis políticas (¡otra que “30 años gloriosos”!) produjeron un auge cultural fortísimo, atacado por la represión brutal de la dictadura oligárquica y clerical del general Juan Carlos Onganía, instaurada en 1966. Esa represión y la consiguiente censura radicalizaron al movimiento artístico (según sea la situación, la represión suele producir el efecto contrario al que busca). En el año clave de 1968, la represión recrudecía mientras proliferaban las huelgas y se consolidaba la CGT de los Argentinos liderada por Raimundo Ongaro (poco después, Perón le ordenaría a Ongaro disolver esa CGT, orden que acataría sin más).

Pero, más que en la represión y la censura, corresponde hacer hincapié en la respuesta de los artistas. Todos los expositores del ciclo “Experiencias 68”, en el Instituto Di Tella (clausurado en 1970), retiraron sus trabajos de la muestra en solidaridad con Roberto Plate, a quien se le había censurado una obra, las exhibieron en la calle, las destruyeron en público y formaron con ellas una barricada en regla. Llegó la policía y hubo gases, balas de goma y piedrazos al por mayor. Otra vez el arte se volvía manifestación callejera. Una declaración de los artistas parafraseaba a Marx y decía que la dictadura “una vez más, intenta reemplazar el arma de la crítica por la crítica de las armas”. Muchos de esos artistas intentarían revertir la situación y caerían en la tragedia foquista.

Como decíamos, el punto culminante del “Itinerario 68” fue la muestra “Tucumán Arde”. En 1966, la dictadura había cerrado once ingenios en Tucumán, lo cual era ante todo un ataque al sindicato cañero, la Fotia. Hubo tomas de ingenios, movilizaciones enormes, lucha física contra la policía. Todo terminó en una gran derrota, con 17 mil despidos y una migración masiva. La Fotia pasó a de tener 39 mil afiliados a sólo 19 mil en tres años (el camino del Cordobazo estuvo pavimentado de derrotas).

Frente a tal situación, el Grupo de Artistas de Vanguardia organizó “Tucumán Arde”. Para entrar en la muestra era necesario pisotear los nombres —colocados en el piso— de los dueños de los ingenios y las autoridades. La muestra promovió manifestaciones callejeras y exhibió cartas de pobladores, fotos, cortos cinematográficos, pequeños escritos y testimonios de las miserias ocultadas. Había también documentales, altoparlantes en la calle, entrevistas a cañeros y apagones regulares por los niños muertos por inanición en el “jardín de la miseria”, según decía el cartel de entrada. Se servía café amargo por los ingenios cerrados.

La muestra fue visitada por decenas de miles de personas, la mayoría de las cuales, seguramente, nunca había visto una exposición artística, en otras palabras: aquello generó un movimiento popular. Quiso traerse a Buenos Aires, pero fue censurada antes de empezar igual que en Córdoba y Rosario. “Tucumán Arde” no pudo superar esas dificultades sobre todo por las disidencias políticas entre sus integrantes.

“Para algunos artistas, la opción fue abandonar el arte para transformarlo en el terreno de la lucha política (mediante) acciones colectivas y violentas”. Antes, en julio de ese 1968 candente, la embajada de Francia entregó los premios Braque en el Museo Nacional de Bellas Artes. Un centenar de artistas se concentró allí para repudiar la censura dictatorial y contra la deportación por el gobierno francés de dos artistas argentinos, Hugo Demarco y Julio Le Parc, que habían tomado parte en las jornadas de Mayo. Se repartió un volante, hubo huevos podridos, corridas y forcejeos dentro del museo y, finalmente, una dura represión policial. Varios artistas fueron detenidos, entre ellos Eduardo Favario (muerto poco después ya en filas del ERP), Margarita Paksa, Roberto Jacoby y Pablo Suárez.

Con el propósito de referirse a ese hecho, Política Obrera, periódico del partido del mismo nombre (antecesor del Partido Obrero), publicó en su edición del 5 de agosto de 1968 el artículo “La rebelión de los artistas plásticos”. No se trata, por cierto, de una curiosidad histórica sino de la permanencia y actualidad de aquel viejo debate sobre los vínculos del arte con la política revolucionaria.


 

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