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11 de julio de 2018

[DEBATES] Lenguaje, feminismo y revolución

En el régimen capitalista recae sobre las mujeres trabajadoras una doble opresión, por un lado la que proviene de nuestra condición de género y por el otro la que nace de la condición de clase. Partiendo de esa primera premisa reducir la opresión de género a una cuestión lingüística es un error, en tanto anula un análisis profundo de las condiciones materiales que históricamente han abonado a que las mujeres ocupemos un lugar de subordinación social. 
Sin perjuicio de que el surgimiento del patriarcado es anterior al capitalismo, no debe soslayarse que el régimen capitalista ha preservado e impulsado esta forma de organización social como piedra angular para la opresión de las masas en general y el control social de la clase obrera en particular. 

Si concebimos el lenguaje como una acumulación de costumbres históricas y arbitrarias, que si bien posibilita su transformación a partir de cambios sociales, emprender una batalla de tipo cultural para imponer un lenguaje más inclusivo respecto de las mujeres y sectores oprimidos, sería un desvió a la lucha real necesaria para una modificación material de las condiciones de vida de estos sectores, que trasciende ampliamente la cuestión lingüística.
Incluso para quienes comprenden al lenguaje como una fuente de opresión, advertimos que el lenguaje no puede ser fuente, ni dejar de serlo, porque es la expresión de la comunicación (interrelación) de las personas en una sociedad particular. De hecho existen lenguajes no inclusivos en sociedades avanzadas en materia de derechos de las mujeres y los distintos géneros; y lenguajes neutros en sociedades donde la opresión sobre las mujeres se mantiene intacta, como el caso del finlandés y el turco donde no existen diferencias de género en el leguaje (neutro), pero de ninguna manera puede decirse que las mujeres de dichos países han conquistado su emancipación.

Ahora bien, aunque el lenguaje no es causa de opresión, puede ser el medio por el cual se expresa. En determinada circunstancia una sociedad donde impera la opresión, puede replicar en la forma del lenguaje esa opresión, como también la puede replicar en otras expresiones culturales. Como el lenguaje es la forma del contenido, puede constituir la expresión de las relaciones sociales de opresión materialmente impuestas. Pero como las modificaciones a esa forma de opresión (lenguaje) no necesariamente implicarán una alteración del contenido, pueden ser impulsadas tanto por el oprimido como por el opresor de acuerdo a la situación concreta de la lucha de clases; en el primero de manera contestataria para revertir esa opresión en el contenido y en la forma; y en el segundo como una farsa, como pantalla para sostener el contenido de la opresión.

En estos tiempos el lenguaje inclusivo se ha instalado socialmente por los dos costados. Por un lado el que emana de la juventud, del movimiento estudiantil protagonista de los pañuelazos, asambleas, movilizaciones, y de la ocupación de colegios y facultades que encabezan la lucha con medidas de acción directa contra regimentación de la iglesia y el Estado capitalista sobre la vida de las mujeres y la diversidad sexual. Por otro lado, el que emana de las autoproclamadas feministas de la nueva ola mientras integran los partidos capitalistas (PRO, PJ, kirchenrismo) y sostienen el estado opresor, garante máximo de la opresión hacia las mujeres. En uno aparece como el aspecto lingüístico de una verdadera rebelión, y en el otro como el subterfugio de la burguesía para mantener la opresión de la mujer trabajadora.

El lenguaje inclusivo utilizado por los explotadores no es “progresivo” y mucho menos “subversivo”, su adopción intenta inducir la ilusión de la posibilidad de algunas reformas progresivas mientras se mantienen intactas las bases sólidas sobre las que se monta el régimen de dominación capitalista. Se trata de una cortina de humo para no obtener ninguna reforma material, ningún derecho, y reforzar así un planteo de conciliación de clases basado en la dominación y la opresión. Un ejemplo claro en este sentido fue el gobierno kirchnerista de Cristina, que bajo el lenguaje inclusivo, mantuvo una férrea oposición de Estado y de lazos con el clero contra los derechos de las mujeres. Otro ejemplo lo constituyó la tan mentada paridad de género del parlamento burgués, que bajo la fachada de victoria de las mujeres, lejos de dar respuesta a nuestras más elementales demandas configuró una herramienta para la postulación política de arribistas de los partidos del régimen, las mismas que sistemáticamente cajonearon el aborto legal en el Congreso, mientras votaban más de cien leyes de ajuste contra la clase obrera. 

Apoyamos el lenguaje inclusivo pero solo en la medida en que es una de las expresiones de la lucha de un movimiento arrasador que ha ganado el espacio público con medidas de acción directa para conquistar sus demandas. Pero la cuestión llega hasta allí. Nos oponemos al lenguaje inclusivo de los explotadores que buscan darle la entidad de reivindicación concreta a estas expresiones para disfrazar con un mero cambio en las formas un régimen sustancialmente opresor. 

En efecto, si por un momento dotáramos al lenguaje inclusivo del carácter de objeto de la lucha, esto nos llevaría a una pregunta inevitable: ¿A quién se dirige este reclamo? ¿Va dirigido a la Real Academia Española, al Estado capitalista o a la sociedad en general? Lo que diga la RAE, nos importa poco y nada. En vistas de que cada vez más representantes feministas de la burguesía avalan y adoptan el lenguaje inclusivo, la respuesta a la pregunta parecería estar más ligada a una imposición o un reproche cultural a la sociedad en general, que a la lucha contra los responsables directos de la opresión. Particularmente esta posición implicaría endilgarles la responsabilidad de una “deconstrucción” lingüística y cultural a las trabajadoras y trabajadores azotados por la crisis, el ajuste y la carestía, sin tocar sus bases materiales. Tal planteo resulta puro idealismo, además de que redunda en nuevo factor de división entre los explotados. 

La cuestión del lenguaje inclusivo así planteada, formaría parte de la “deconstrucción” personal e individual, muy utilizada por las corrientes feministas, que se opone por el vértice a los métodos colectivos de la asamblea y la huelga, propios de la clase obrera. Esta orientación reformista “despatriarcalizadora” del capitalismo que plantea una “batalla cultural” como método para terminar con los “privilegios masculinos” es una operación mistificadora que no brinda ningún elemento real para avanzar en la lucha por la igualdad de género. No existe “empoderamiento” de la mujer bajo este régimen, en la medida en que se requiere de una transformación material profunda imposible en los marcos de la producción capitalista en declive. La autonomía económica y cultural de la mujer requiere la socialización de las tareas domésticas, la incorporación plena de las mujeres al conjunto de las tareas productivas y fundamentalmente, la militancia revolucionaria, que parte de la conciencia de clase, para acabar con toda forma de opresión del hombre por el hombre.

La burguesía interviene políticamente en el movimiento de mujeres. Y lo hace bajo las banderas del feminismo, como no podría ser de otro modo; su objetivo es la conciliación de clases. Advertimos que la solidaridad entre explotados y explotadores, o la “sororidad” en lenguaje feminista, no son más que la base para la subordinación de los explotados. Por ello nuestra lucha por la emancipación de la mujer trabajadora se contrapone a la deconstrucción o despatriarcalización del régimen capitalista y por el contrario supone su destrucción para imponer un gobierno de los trabajadores, la expropiación de la propiedad privada de los medios de producción como plataforma para la eliminación de toda forma de opresión. Ese gobierno es protagonizado en primer lugar, por la mujer trabajadora.

Asimismo, admitir esta orientación feminista resulta liquidacionista, en cuanto niega la propia evolución del movimiento que se ha desarrollado fundamentalmente al calor de una intensa participación de las trabajadoras revolucionarias como vanguardia abnegada de la lucha. Echa luz al respecto la conquista de la media sanción del aborto legal con medidas de acción directa que vino a saldar el debate histórico sobre el carácter de los encuentros nacionales de mujeres y la participación de las corrientes patronales y centristas (PCR, PJ y cía) que obstruyeron durante años un plan de lucha, y cuya comisión organizadora hasta el momento siquiera ha emitido pronunciamiento a favor del aborto legal.

El feminismo es utilizado como bandera por parte de los partidos patronales para lavar su imagen y para armar un frente de colaboración de clases en torno de la “transversalidad de género”. Por el triunfo del movimiento, debemos superar esta orientación reformista, democratizante y feminista con la intervención teórica y práctica de una corriente revolucionaria y socialista, aprovechando al máximo la enorme potencialidad de lucha que este movimiento ha demostrado tener en los últimos años. Nuestra estrategia es la máxima unidad en programa y acción con la clase obrera, de ninguna manera la pertenencia a un feminismo transversal que niega la conciencia de clase.

Más que nunca, por todo lo expresado, defendemos el desarrollo de un partido proletario revolucionario, que batalle contra el Estado capitalista, incluyendo las reivindicaciones democráticas, que ese régimen es incapaz de conceder. Como reflexionó el gran revolucionario ruso: “Para llegar a ser una fuerza política a los ojos del público, es preciso trabajar mucho y con porfía por elevar nuestro grado de conciencia, nuestra iniciativa y nuestra energía; no basta colocar la etiqueta de vanguardia, sobre una teoría y una práctica de retaguardia” (Lenin en “Qué hacer” - La clase obrera como combatiente de vanguardia por la democracia).
 

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