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2 de octubre de 2018

La Masacre de Tlatelolco, una herida abierta

A cincuenta años de los hechos, reproducimos el artículo publicado en Prensa Obrera #607, del 2 de noviembre de 1998.

En el 50° aniversario de la Masacre de Tlatelolco orquestada por el gobierno democrático de Gustavo Díaz Ordaz contra el efervescente movimiento estudiantil mexicano, que dejó más de 300 muertos y cerca de 1.500 heridos, compartimos el artículo de Andrés Roldán escrito para Prensa Obrera n° 607 (2/11/98). A cinco décadas de los hechos, continúa la completa impunidad para los responsables políticos y materiales de los hechos.

En los últimos 20 años, el Estado mexicano sumó otras atrocidades a su prontuario, como las 43 desapariciones de los estudiantes de Ayotzinapa (en 2014) y la masacre contra los maestros en Oaxaca (en 2016). La militarización del país, al calor de la llamada “guerra contra el narcotráfico”, acentuó la descomposición estatal y dejó más de 100 mil muertos y 30 mil desaparecidos en los últimos años.

Treinta años de la Masacre de Tlatelolco

Los grupos de tareas de la ‘democracia mexicana’

El 2 de octubre de 1968, una multitudinaria manifestación estudiantil fue masacrada en la Plaza de las Tres Culturas, en el barrio de Tlatelolco, de la ciudad de México. Treinta años después, la masacre no ha sido reconocida oficialmente. "El número oficial de muertos varía entre 22 y 43. Estimaciones más realistas van de 150 a 500", afirma The Economist (3/10), poco propenso a exagerar masacres oficiales.

El otoño boreal del 68 vio extender la agitación estudiantil por todo México. Era el año del Mayo Francés y de la Primavera Checa, de la ofensiva Tet contra las tropas yanquis en Vietnam. El estudiantado mexicano era un hervidero. Desde julio, las universidades, especialmente la UNAM, era una asamblea permanente con ocupaciones y manifestaciones callejeras. El Consejo Nacional de Huelga (CNH) estaba integrado por 250 representantes de la Universidad Autónoma, el Politécnico y un centenar de facultades.

El régimen del PRI, que gobernaba desde hacía varias décadas, mantenía una férrea regimentación de la vida política. La movilización estudiantil que reclamaba mejoras en las condiciones de estudio y reivindicaciones democráticas abría una brecha en el régimen. México había sido designado país sede de las Olimpíadas, cuyo comienzo estaba previsto para el 12 de octubre de ese año.

En la noche del 18 de setiembre, el gobierno lanzó una violenta ocupación militar de la Ciudad Universitaria. Diez mil soldados fueron destinados a cortar de cuajo la movilización en marcha.

Pero no lograron su objetivo. La movilización siguió más fuerte y vigorosa, reclamando además el desalojo de la Ciudad Universitaria. Fue así que, el 2 de octubre, decenas de miles de estudiantes se concentraron en los 70 mil metros cuadrados de la Plaza de las Tres Culturas.

La masacre

El operativo masacre mostró, desde el comienzo, un mando centralizado. A las cinco de la tarde, tres luces de bengala verdes fueron disparadas desde un helicóptero (otras versiones afirman que partieron desde la Secretaría de Relaciones Exteriores). Al unísono, tropas de civil y el Batallón Olimpia coparon el edificio donde se encontraba la dirección estudiantil y, desde sus terrazas y edificios aledaños, comenzaron a disparar sobre la plaza. Al mismo tiempo, diez mil soldados uniformados cortaban las salidas en una gigantesca encerrona. El batallón Olimpia, reconoce The Economist, era una fuerza paramilitar formada para custodiar las Juegos Olímpicos, que para esa oportunidad "había recibido la orden de vestir de civil como estudiantes y no llevar otra identificación que guantes blancos". Esos guantes quedaron en la memoria de los protagonistas de esa jornada como el símbolo del batallón masacrador.

En pocos minutos, la balacera fue impresionante. Quedaron tendidos en la Plaza más de 300 muertos, aproximadamente 1.500 heridos, mientras que el ejército y la policía detuvieron a más de 2.000 estudiantes.

El presidente Díaz Ordaz acusó a los estudiantes de haber comenzado los disparos, para lo cual contó con el aval de la prensa. Su secretario de gobierno, Luis Echeverría, para muchos el cerebro de la masacre junto al jefe del Departamento Federal de Seguridad, Fernando Gutiérrez Barrios, fue premiado posteriormente con la Presidencia de la República.

La masacre fue ocultada por una vasta conspiración internacional. El Comité Olímpico Internacional ignoró la violencia y las Olimpíadas comenzaron puntualmente 10 días después sin ninguna queja ni reclamo de país alguno. Nadie boicoteó los juegos en repudio de la masacre.

“La URSS también colaboró con el gobierno de México. En un comunicado interno, el embajador mexicano Carlos Zapata Vela precisó sobre la prensa que ‘únicamente se publicó un corto artículo en el diario lzvestia’, lo que para el diplomático contrastaba con la ‘forma sensacionalista y, en ocasiones, francamente tergiversada y calumniosa’ con que informaron en la ‘prensa de Europa Occidental’. El gobierno de Cuba, además de aplacar una organización estudiantil que había expresado su solidaridad, manipuló la información que publicaron sobre el tema. El embajador mexicano en La Habana, Miguel Covián Pérez, informó que en los medios cubanos sólo aparecían ‘transcripciones de los cables de prensa provenientes de la ciudad de México, sin comentarios’” (Clarín, 27/9, nota de Sergio Aguayo, autor de 1968: los archivos de la violencia, Grijalbo).

Responsabilidades

La masacre de Tlatelolco sigue siendo en México una herida abierta. No sólo no hubo castigo a los culpables sino que ni siquiera hubo un reconocimiento oficial de la matanza. No es casual. Es el mismo régimen político y las mismas fuerzas armadas y policiales las que, desde entonces, siguen reprimiendo al pueblo, como guardianes de la misma clase social a cuyo servicio se consumó la masacre del 2 de octubre.

Pero el régimen necesita maquillaje y algunos retoques. El centroizquierdista Cuauhtémoc Cárdenas, electo hace poco como intendente de la capital azteca, acaba de proponer "que se abran los archivos, pues es injusto que el Ejército cargue con la responsabilidad" (Tiempos del Mundo, 1/10). El líder del PRD persigue la utopía de descargar las responsabilidades sobre los gobernantes de ese entonces (Díaz Ordaz, Echeverría) y pretende eximir a las fuerzas armadas y policiales de su responsabilidad en abrir fuego a discreción sobre el pueblo inerme. Seguramente, está pensando en mantenerlas de reaseguro ante la eventualidad de un futuro gobierno centroizquierdista.

 

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