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29 de mayo de 2018

A 49 años, la vigencia indiscutible del Cordobazo

El Cordobazo del 29 de mayo de 1969 fue el punto culminante de una cadena de rebeliones obreras y populares que sacudieron al país desde principios de aquel año. Dio inicio a un ascenso revolucionario que se prolongó hasta la huelga general de junio y julio de 1975 y finalmente sería ahogado a sangre y fuego por la dictadura genocida de Videla, Massera y Agosti.

Entre enero y abril de 1969 se produjo lo que conoció como el Ocampazo: una pueblada y una huelga obrera contra el cierre del Ingenio Arno en Villa Ocampo, Santa Fe. El 15 de mayo de ese año estalló el Correntinazo: el asesinato del estudiante Juan José Cabral en el marco de una represión contra una movilización de estudiantes correntinos y chaqueños que protestaban por la privatización del comedor de la Universidad del Nordeste produjo una verdadera rebelión popular y una batalla campal contra la policía en toda la ciudad de Corrientes. Al día siguiente, comienza a gestarse el Rosariazo con una protesta estudiantil, la represión asesina al estudiante Adolfo Bello; y luego el 21 se produce una verdadera batalla campal cuando una masiva movilización se enfrenta a las fuerzas de represión y las obliga a replegarse. La situación llevó a que un grupo de 38 sindicatos declaren un masivo paro industrial. Entre el 21 y el 25 de mayo se produjo el Salteñazo, que se inició con una huelga de estudiantes secundarios “que bloquearon con pegamento las puertas de ingreso a los establecimientos educativos para concentrarse en la plaza principal, frente a la casa de gobierno, para exigir la renuncia de Hugo Alberto Rovaletti (el interventor puesto por Onganía) … Con apoyo sindical y de la población, y armados con naranjas y barricadas, los estudiantes y obreros enfrentaron a la policía y tomaron el centro de la ciudad durante unas horas” (Soler, Alejandra; Abrahan, Carlos «A 47 años del 'Salteñazo'», en Qué Pasa Salta). La decisión de la dictadura de Onganía de cerrar once ingenios llevó al estallido del Tucumanazo el 27 de mayo. Una marcha convocada por estudiantes y la FOTIA en repudio a los asesinatos de Cabral y Bello concitó el apoyo de miles; en la plaza Independencia los manifestantes se enfrentan a la policía provincial y logran tomar el control efectivo de la ciudad durante la noche.

 

Todas estas rebeliones fueron la respuesta a la debacle de la política de la dictadura de Onganía, que el 28 de junio de 1966 estuvo a la cabeza del golpe que desplazó al radical Arturo Illia de la presidencia, cerró el Congreso e intervino todos los poderes provinciales.

Onganía asumió con el apoyo de la Sociedad Rural y las Confederaciones Rurales Argentinas, pero también con la UIA y la CGE –es decir de la burguesía “nac and pop”, con un compañero de ruta del Partido Comunista, José Gelbard, a la cabeza. También recibió el aval de las principales cámaras empresariales representantes del imperialismo. En la ceremonia de asunción, en primera plana estaban los dirigentes de la CGT, es decir la burocracia sindical peronista. Por su parte, Perón desde su exilio de Madrid declaraba que “el gobierno militar surgido del golpe... ha expresado propósitos muy acordes con los que nosotros venimos propugnando desde hace más de 20 años" y llamaba a "desensillar hasta que aclare”. Mientras las “62 de Pie” saludaba a la llamada Revolución Argentina, el peronismo revolucionario referenciado en las 62 hacía un significativo silencio.

 

Nuestro partido, Política Obrera, caracterizó el golpe como "una síntesis reaccionaria del peronismo y la Libertadora". Del primero, adopta la política de estatizar y controlar al movimiento sindical para, en definitiva, integrar al peronismo por la vía de la cooptación de sus dirigentes sindicales. De la Libertadora, retoma política de eliminar la base sindical en las fábricas y remover toda legislación que impidiera la flexibilización laboral. Onganía revela sus propósitos reaccionarios muy rápidamente, con la feroz represión a los estudiantes de la UBA, luego a los de la Universidad de Córdoba (donde cae asesinado Santiago Pampillón). Introduce el arbitraje obligatorio (lo que de hecho liquida el derecho a huelga), impone despidos masivos de ferroviarios y portuarios y el cierre de ingenios azucareros en Tucumán. A fines de 1966 designa a Adalbert Krieger Vasena como ministro de Economía, un liberal que arranca su gestión derogando la ley de salario mínimo; suspende los convenios colectivos de trabajo y las paritarias, congelando los salarios por dos años; eleva a 60 años la edad para jubilarse, sanciona una ley de hidrocarburos para permitir la participación de las empresas privadas en el negocio del petróleo y una la ley de alquileres que facilita los desalojos.

En síntesis, desarrolla un plan de guerra contra los trabajadores.

Sin embargo, la inflación continuó su marcha ascendente, aumentaron los precios mayoristas y minoristas, la industria entró en abierto retroceso, las economías regionales cayeron en la bancarrota y el PBI retrocedió un 1.2 por ciento. La producción agrícola también disminuyó considerablemente. Disminuyeron las reservas, y aumentó la importación de combustibles un 300 por ciento, enfatizando la dependencia extranjera de insumos. A esto se sumó una fuerte presión tributaria sobre los sectores medios.

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La situación argentina empalmaba con una crisis económica capitalista de alcances internacionales y que comenzaba a gestar grandes movimientos de masas. Se estaba incubando la resistencia a la invasión yanqui a Vietnam; en Gran Bretaña, la lucha obrera tomaba grandes proporciones; y en Francia, De Gaulle lanzaba una serie de ataques contra el salario, las conquistas laborales y las jubilaciones. Son los antecedentes del Mayo Francés (1968), la revolución cultural en China, la Primavera de Praga, del otoño caliente en Italia, de las grandes huelgas en Uruguay y de la gigantesca movilización universitaria en México.

 

Cordobazo

En el marco de una crisis económica generalizada, el régimen político había entrado en crisis, las movilizaciones recorrían el país y bajo la presión de éstas, las CGT de Vandor y la de Ongaro (CGT de los Argentinos) convocaron a un paro general para el 30 de mayo cuya función era descomprimir, ya que no estaba atado a ningún plan de lucha y no preveía movilizaciones. Es decir que no tenía el carácter de un paro activo. Pero en Córdoba el alza obrera, un creciente y destacado activismo independiente –no controlado por las direcciones gremiales–, llevó a la CGT local a decretar un paro a partir de las 10 de la mañana del 29 de mayo con abandono de fábrica.

A la cabeza de esta decisión estaba el joven proletariado de la industria metalmecánica, afectado por los despidos, los aumentos de los ritmos de producción y un deterioro general de las condiciones de trabajo. La gota que colmó el vaso fue la decisión del gobierno de derogar el "sábado inglés", que estaba en vigor en Córdoba, Mendoza, San Luis, Santiago del Estero y Tucumán. Una asamblea general de los mecánicos realizada el 14 de mayo en el Córdoba Sporting Club fue disuelta violentamente por la policía, pero reveló que la decisión de ir a una lucha frontal contra el régimen estaba tomada por las bases obreras. El estudiantado secundario, una semana después ganaba las calles masivamente y también era reprimido. A su vez, en la empresa de energía, en el sindicato de Luz y Fuerza de Agustín Tosco, se vivían suspensiones y la pretensión de imponer un plan de “racionalización” y privatizarla. Para completarla, Carlos José Caballero, el interventor de Onganía, aumentó los impuestos a la propiedad.

A esto se sumaban otros hechos sumamente importantes. Todos los ataques que Onganía venía perpetrando contra los trabajadores no tenían respuesta por parte de la dirigencia sindical. El 1º de marzo de 1967, la CGT convocó a un simulacro de paro general y un "plan de acción". Miles y miles de trabajadores salieron al paro en medio del más profundo sabotaje de su dirección, absolutamente desmoralizada y entregada, y abrió un período de derrota del movimiento obrero. Las jornadas perdidas por huelga alcanzaron, entre los años 1967-1968, el nivel más bajo en toda la historia.

La política de la burocracia sindical era parte del acompañamiento que el peronismo venía dando al gobierno de Onganía. Todo esto provocó un proceso de deliberación en el seno de la clase obrera que incluía a las propias organizaciones obreras. En las fábricas del Smata crecían las agrupaciones de lucha y antiburocráticas, ligadas a la izquierda, que luego llevaría a la clasista Lista Marrón a la dirección del gremio, derrotando al burócrata Elpidio Torres. En las plantas de Fiat (Concord y Materfer), los trabajadores desplazan de la dirección de los sindicatos Sitrac y Sitram a la conducción amarilla que había puesto la misma patronal.

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La cuestión del poder

Todos estos elementos dieron al Cordobazo una característica distintiva respecto de los anteriores “azos” y lo colocaron como el responsable directo de la caída de Krieger Vasena y de haber herido de muerte a la dictadura de Onganía, abriendo una situación revolucionaria en el país. En la burguesía se operó un cambio de frente para atender a la grave crisis económica y al alza de las masas ante el peligro de quiebra del Estado. Por lo tanto, estaba planteada una cuestión clave: la cuestión del poder, y esto no sólo para las distintas fracciones de la burguesía y el imperialismo sino también para la clase obrera.

Los trabajadores cordobeses, a la cabeza de un levantamiento popular que incluía a estudiantes, sectores medios, habían ocupado las calles de Córdoba al grito de “Luche, luche, luche y no deje de luchar / por un gobierno obrero y popular”. Es decir que las masas tenían frente a la crisis un planteo de poder propio.

El Cordobazo fue una acción al margen, y hasta en oposición, a la burocracia sindical peronista que se había asociado a la dictadura, de lo cual no zafaba Perón. Política Obrera (Nº 61, 29/11/69) caracterizaba que “por el nefasto rol del peronismo en la oposición, la masa obrera ha dejado de tener como preocupación central su retorno al poder bajo una forma de gobierno peronista”. Pero para Política Obrera, al “no estar clarificado entre los obreros de vanguardia la naturaleza del programa que se identifica con el gobierno obrero como forma estatal de dominación política del proletariado... especulan las variantes izquierdistas del peronismo y de los grupos pequeños burgueses que todos los días dedican una parte de su tiempo a ‘peronizarse’. Es sobre esta carencia, también, sobre la que especula el Partido Comunista”.

Esta caracterización de Política Obrera se vio confirmada. El proceso de “peronización” para transformar el “luche por un gobierno obrero” en “luche y vuelve” tuvo su principal empuje con el secuestro del general de la “Fusiladora”, Pedro Eugenio Aramburu, en manos de un grupo ligado al nacionalismo católico que daría lugar al nacimiento de Montoneros.

La peronización buscaba involucrar a Perón, incluido su retorno, para llevar adelante el principal operativo: cerrar la crisis mortal del Estado. Esto implicaba terminar con la iniciativa de los trabajadores y con los sindicatos, comisiones internas y delegados antiburocráticos. En definitiva, implicaba doblegar al movimiento obrero para imponerle un feroz retroceso de sus condiciones de vida y laborales.

Y esto es lo que se va a iniciar el gobierno de Perón-Perón, de la mano de la Triple A, y luego continuará la dictadura genocida.

 

49 años no es nada

La lectura de la crónica nos lleva a la actualidad. La crisis capitalista ha pegado un salto enorme en relación a la de aquel momento. Las necesidades de la clase capitalista de producir un ataque sustancial a las condiciones de vida de los trabajadores, a sus ingresos, al régimen laboral, están potenciadas. La reciente “crisis cambiaria” ha mostrado el fracaso de la política macrista en sus propios términos, a la vez que las jornadas del 14 y 18D, la lucha de los trabajadores de Río Turbio, del INTI, del subte, la huelga general docente neuquina, los enormes paros docentes en las universidades de todo el país, la de los trabajadores de Epec, los piquetes de Cresta Roja; todas ellas, muestran una voluntad férrea de la clase obrera de defenderse y enfrentar el plan de guerra.

El crecimiento del clasismo en el terreno del movimiento obrero y la autoridad conquistada por la izquierda revolucionaria se sostienen, en contraposición a la pérdida de autoridad del peronismo y de su burocracia sindical. Las condiciones para llevar el Cordobazo a un triunfo definitivo están planteadas. Nuestro planteo de paro activo nacional frente al ajuste de Macri y los gobernadores y al pacto con el FMI es, en definitiva, el de un Cordobazo nacional para derrotar el ajuste y abrir paso a una perspectiva política y de poder de la clase obrera.

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